miércoles, 28 de octubre de 2009

Hegemonía y contrahegemonía

Mabel Thwaites Rey, LA NOCIÓN GRAMSCIANA DE HEGEMONÍA EN EL CONVULSIONADO FIN DE SIGLO (fragmento), en http://www.iade.org.ar/modules/descargas/visit.php?cid=7&lid=38

1- "Visión del mundo" y hegemonía de la clase dominante[36]
Lo que con mayor énfasis quiere destacar Gramsci es que la clase dominante ejerce su poder no sólo por medio de la coacción, sino además porque logra imponer su visión del mun­do, una filosofía, una moral, costumbres, un "sentido común" que favorecen el reconocimiento de su dominación por las clases dominadas.
Pero a su vez, y he aquí una cuestión fundamental, la posibilidad de difusión de ciertos valores está determinada por las relaciones de compromiso que la clase dominante efectúa con otras fuerzas sociales, expresadas en el Estado, que aparece como el lugar privilegiado donde se establecen las pujas y se materializan las correlaciones de fuerzas cambiantes en "equilibrios", "inestables" por definición, entre los grupos fundamentales antagónicos. Y en esta instancia también se hace presente la política de alianzas como elemento necesario para la con­formación hegemónica de una clase social que, por otra parte, no se resume en aquella.
"El Estado es concebido como un organismo propio de un grupo, destinado a crear las condiciones favorables para la máxima expansión del mismo grupo; pero este desarrollo y esta expansión son concebidos y presentados como la fuerza motriz de una expansión universal, de un desarrollo de todas las energías "nacionales". El grupo dominante es coordinado concretamente con los intereses generales de los grupos subordinados y la vida estatal es concebida como una for­mación y superación continua de equilibrios inestables (en el ámbito de la ley) entre los intereses del grupo fun­damen­tal y los de los grupos subordinados, equilibrios en donde los intereses del grupo dominante prevalecen hasta cierto punto, o sea, hasta el punto en que chocan con el mezquino interés económico-cor­porativo"[37].
En otro pasaje Gramsci destaca como uno de los logros históricos de la burguesía ha sido imponer, a través del Estado, una "voluntad de confor­mis­mo" en las masas basada en la aceptación de la función que a aquella le cabe como clase respecto al conjunto de la sociedad, y a la percepción que ella tiene de sí misma.
"La clase burguesa se considera a sí misma como un organis­mo en continuo movimiento, capaz de absorber toda la sociedad, asimilándola a su nivel cultural y económico: toda la fun­ción del Estado es transformada: el Estado se convierte en «educador», etc.". Pero, se pregunta Gramsci,
"¿Cómo se produce una detención y se retorna al concepto de Estado como fuerza pura?. La clase burguesa está «saturada»: no sólo no se expande, sino que se disgrega; no sólo no asimila nuevos elementos sino que se desprende de una parte de ella misma..."[38]
Vemos en este pasaje como la coerción, la fuerza, aparecen como consecuencia de la debilidad de la burguesía para presentarse ante la sociedad como "la sociedad misma", y por ende para efectuar compromisos con otras clases. Porque para que la clase dominante pueda presentar al Estado como organismo del pueblo en su totalidad, es preciso que esta represen­tación no sea enteramente falsa; es preciso que el Estado tome a su cargo algunos de los intereses de los grupos dominados. La clase dominante necesita, para hacer valer sus intereses, como dec­ía Marx, presentar al Estado ante la sociedad como represen­tante del con­junto del pueblo. Es en este sentido que Gramsci afirma que el Estado en­cuentra su "fundamento ético" en la sociedad civil.
"...cada Estado es ético en cuanto una de sus funciones más importantes es la de elevar a la gran masa de la población a un determinado nivel cultural y moral, nivel (o tipo) que corresponde a las necesidades de desarrollo de las fuerzas productivas y por consiguiente, a los intereses de las clases dominantes"[39].
Como lo expresa Piotte, "por la función hegemónica que ejerce la clase dirigente en la sociedad civil es por lo que el Estado en­cuentra el fundamento de su representación como universal y por en­cima de las clases sociales"[40]. Y es así que el Estado -ampliado- articula el con­senso necesario a través de organizaciones culturales, sociales, políticas y sindicales que, en el seno de la sociedad civil, se dejan libradas a la iniciativa privada de la clase dominante, y en las que se in­tegran las clases subalternas.

2- Las bases materiales de la hegemonía
Pero para que la clase dominante "convenza" a las demás clases de que es la más idónea para asegurar el desarrollo de la sociedad, es decir que sus intereses particulares se confunden con el interés general, es necesario que favorezca, al interior de la estructura económica, el desarrollo de las fuerzas productivas, y la elevación -relativa- del nivel de vida de las masas populares.
Porque "el hecho de la hegemonía presupone indudablemente que se tienen en cuenta los intereses y las ten­dencias de los grupos sobre los cuales se ejerce la hegemonía, que se forma un cierto equilibrio de compromiso, es decir que el grupo dirigente haga sacrificios de orden económico-cor­porativo, pero es también indudable que tales sacrificios y tal compromiso no pueden concernir a lo esencial, ya que si la hegemonía es ético-política no puede dejar de ser tam­bién económica, no puede menos que estar basada en la fun­ción decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo rector de la actividad económica".[41]
La posibilidad misma de ejercer una "supremacía hegemónica" y no mero dominio depende, en última instancia, de las posibilidades de hacer avanzar a la sociedad en su conjunto hacia adelante, de asegurar la "inco­rporación" de los estratos populares al desarrollo económico-social. Y es en este punto donde no puede obviarse que la fórmula gramsciana remite necesariamente al momento estructural en su sentido más profundo. Porque la superación del economicismo vulgar -lo que implica destacar la importancia y complejidad de la dimensión "inte­lectual y moral" de la supremacía burguesa- no significa caer en una versión idealista que suponga la posibilidad de construcción de con­senso, de producción hegemónica, de dirección no coercitiva más allá de toda referencia a las condiciones materiales en que se expresan las relaciones de poder social. Podrá ser verdaderamente hegemónica, en­ton­ces, la clase que logre presentarse a sí misma como desarrollando las fuer­zas productivas "en el sentido de la his­toria", consiguiendo así hacer aparecer sus intereses particulares de clase como el interés general, en la medida en que no exista entre ambos un divorcio ab­soluto y evidente. De lo contrario, puede abrirse un profundo hiato por donde se cuela la crisis (orgánica).
Y algo más, que constituye un núcleo clave para entender la proposición gramsciana de la "ampliación" del concepto de Estado. La primac­ía del momento de la coerción o del con­sen­so, en el sentido en que venimos hablando, es­tará vin­culada tanto a las condiciones de desarrollo de las fuer­zas produc­tivas y a los regímenes de acumulación vigentes en cada sociedad y en cada momento histórico, como a la voluntad-posibilidad de las clases dominantes de "hacer con­cesiones" en el plano económico y político, y a la capacidad de las clases subalternas para modificar la correlación de fuerzas a su favor. Y este último aspecto es de vital importancia, en la medida en que la materialización de con­diciones favorables a las clases subal­ternas está unida a su capacidad para imponerlas a las clases dominantes, y es el resultado histórico de la lucha de clases.
Anderson, en cambio, enfatiza que el "al­filer de segu­ridad ideológico" del capitalismo occiden­tal está dado por la forma general del estado represen­tativo -democracia burguesa-, cuya existencia priva a la clase obrera de la idea del socialismo como un tipo diferen­te de Estado. Este autor plantea que "el Estado burgués «representa» por definición a la totalidad de la población, abstrayéndola de su distribución en clases sociales, como ciudadanos individuales e iguales". Por su parte, "el Parlamento, elegido cada cuatro o cinco años como la expresión soberana de la voluntad popular, refleja la unidad fic­ticia de la nación a las masas como si fuera su propio auto-gobier­no. Las divisiones económicas entre los «ciudadanos» se ocultan tras la paridad jurídica entre explotadores y explotados y junto con ellas, se oculta también la completa separación y no par­ticipación de las masas en las labores parlamen­tarias. Esta separación es pues constantemente presen­tada y represen­tada a las masas como la encar­nación definitiva de la libertad: la «democracia» como el punto ter­minal de la historia". He aquí donde reside, para Anderson, la for­taleza del Estado en el occidente desar­rollado, que permite asentar el dominio en el consenso. El aspecto material, relativo a mejoras económicas, en cambio, aparece como cir­cunstan­cial para este autor.
La siguiente reflexión de Gramsci pareciera abonar su interpretación:
"En cuanto idea-límite, el programa liberal crea el Estado ético, o sea, un Estado que idealmente está por encima de la com­petición entre las clases, por encima del vario entrelazarse y chocar de las agrupaciones que son su realidad económica y tradicional. Ese Estado es una aspiración política más que una realidad política: sólo existe como modelo utópico, pero precisamente esa su naturaleza de espejismo es lo que le da vigor y hace de él una fuerza conservadora. La esperanza de que acabe por realizarse en su cumplida perfec­ción es lo que da a muchos la fuerza necesaria para no renegar de él y no intentar, por tanto, sustituir­lo".[42]
No obstante, creemos que la dimensión última de la materialidad está presente en la concepción de la hegemonía de Gramsci. Así, en "Americanismo y fordismo", al analizar las técnicas produc­tivas implementadas por Ford en la industria automotriz, que supusieron un profundo cambio cualitativo tanto en la organización de la producción industrial como en la relación entre la clase capitalis­ta y el proletariado, y que posibilitaron la "incorporación" de vastas masas al consumo y su correlativa producción a escala, Gramsci dirá:
"A partir de la existencia de estas condiciones preliminares, ya racionalizadas por el desarrollo his­tórico, fue relativamente fácil racionalizar la producción y el trabajo, combinando hábilmente la fuerza (destru­cción del sindicalismo obrero de base territorial) con la per­suasión (altos salarios, diversos beneficios sociales, propagada ideológica y política muy hábil) logrando así hacer girar toda la vida del país al­rededor de la produc­ción. La hegemonía nace de la fábrica y para ejercerse sólo tiene necesidad de una mínima can­tidad de intermediarios profesionales de la política y de la ideología".[43]
Queda en evidencia que la burguesía logra asentarse como clase "dirigente" y no sólo dominante, en la medida en que sus intereses logran expresarse materialmente como los intereses de la sociedad con­cebida como un todo. Porque si la sociedad capitalista se basa en el efecto "fetichizador" de la mercancía, que oculta el lugar del produc­tor bajo la fachada del ciudadano-consumidor, la plenitud de sus efec­tos consensuales podrá desplegarse en la medida en que la dimensión del consumo pueda traducirse en una experiencia constatable para las clases subalternas, en los términos que coloca la sociedad en cada contexto histórico. Porque la simple aspiración a "integrarse" en un modelo de sociedad construido a partir de imaginario creado para reproducir el orden vigente choca, en algún punto que varía de sociedad en sociedad y de época en época, con la posibilidad misma de su realización: y es allí donde el efecto "fetichizador" puede perder su vigor integrativo.

3- A propósito de la legitimidad weberiana
Por otra parte, si la hegemonía, el consenso que logra la clase dominante, se basa, como dice Anderson, en el efecto fetichizante producido por el sistema democrático represen­tativo, que les hace creer a las masas en su "autogobierno", podemos evocar en esta idea la perspectiva weberiana de la dominación racional-legal. Para Weber, la dominación legítima se basa en la creencia de los dominados en la validez del or­den estatuido, que es el fundamen­to de su obediencia. Si bien los motivos de tal creencia son in­dividuales, y en ellos ar­raiga la legitimación, no es necesaria la in­dagación de las razones psicológicas que impul­san la aceptación del orden, sino que basta la manifestación ex­terior para probarla. Y más aún, Weber sostiene que incluso un transgresor de las normas vigentes -por ejemplo un ladrón- orien­ta su acción en función de la validez del orden cuando oculta el con­tenido de su acción para evitar san­ciones. Pero agrega que no es suficiente la obediencia efímera, sino que hace falta que sea con­tinua, lo que le dará efec­tividad al orden es­tablecido y le otor­gará estabilidad.
En las sociedades modernas, dice Weber[44], la obediencia se asien­ta en la creencia en la validez del sistema legal. La legitimidad pasar­ía a resolverse en la legalidad como soporte del orden. Ahora bien, si dicha creencia es la generadora de legitimidad y la que provoca la obediencia, sólo la efectiva observancia de las normas im­puestas por un ordenamiento serían la prueba de la creencia en su validez, por lo que la legitimidad tendería a deducirse direc­tamente de la existencia de obediencia. Deber­íamos concluir entonces que el origen de la legitimidad sería puramente formal. Para Weber se tratar­ía de una creencia cuyo origen no se investiga. Queda sin resolver, de este modo, el fundamento último de la legitimidad, ya que siempre estaría confundido con su prueba. Porque mientras el fun­damento de la legitimación - la creencia- es sub­jetivo, no hay forma de in­dagar sobre la causa última que hace percibir el orden como legítimo. Los con­tenidos materiales quedan explícitamente excluidos en el análisis de Weber.
Anderson, por su parte, explica como es el efecto fetichizante del autogobierno de las masas lo que legitima o, mejor dicho, fun­damenta la hegemonía de la clase dominante en la democracia par­lamentaria. Aquí se trata de una percepción subjetiva que opera por efec­tos no de la actividad explícita-consiente de la clase dominante, sino por el hecho ob­jetivo del es­tablecimiento de un sis­tema político, im­puesto, como por otra parte reconoce Anderson, por las luchas de las clases subal­ternas.
La cuestión de la legitimidad en Weber se relaciona con el tema clásico del fundamento del poder, de su jus­tificación. ¿Por qué hay gobernantes y gober­nados, estableciéndose entre ambos relaciones de derecho y no meramente de hecho? La perspectiva, entonces, se coloca del lado de los que dominan, por lo que la preocupación central está en el logro de la estabilidad del poder. Para Gramsci, en cambio, lo importante es desentrañar las formas en que las clases dominantes se imponen a las subalternas, a través de los mecanismos coercitivos y consensuales, pero desde la perspectiva de quienes padecen la dominación y con el objetivo de encontrar las estrategias adecuadas para revertirla. De ahí que el concepto de hegemonía resulte una construc­ción compleja que, además del aspecto intelectual y moral, implica la capacidad de la clase dominante para hacer avanzar a la sociedad hacia adelante, para formular compromisos. Es decir, remite a fundamentos sustan­tivos que exceden la dimensión simbólica. A diferen­cia de Weber, a Gramsci le preocupa indagar donde se asienta la posibilidad de obtener un con­senso ­que, por otra parte, debe expresarse sub­jetivamente de manera activa, como adhesión, y no como mera pasividad. Para ello, los elementos culturales son fundamen­tales, pero la experiencia última necesariamente debe ser material. De lo contrario, se pensaría que la complejización de las superestructuras capitalistas operó "en el vacío", como fruto de evoluciones de ideas alejadas de la realidad en las que se producen, y el consenso hacia el sistema democrático se fundamentaría en su mera forma.
La historia de la relación entre democracia y capitalismo, como tan bril­lantemente demostrara Therborn[45], es una novedad de este siglo, poco ex­ten­dida y, fundamentalmente, producto de intensas luchas populares por la extensión de los derechos civiles, políticos y sociales. En la misma línea, Borón afirma que la apertura democrática "no fue una benévola concesión «desde arriba» sino el remate de la movilización política de las clases subalternas que, con su protesta y sus reivindicaciones, sus partidos y sindicatos, forzaron la democratización del estado liberal".[46] Sobre la paradoja que estas conquistas encierran, en términos de la reproducción consensual de la dominación, nos referiremos más adelante.

4- La relación entre estructura y superestructura: el concepto de blo­que histórico
En las categorías de crisis orgánica y bloque his­tórico se en­cuentran dos de las claves para comprender el sentido de la hegemonía.
Pero avancemos un poco más para entender la relación que Gramsci establece entre la base material y los fenómenos "intelectuales y morales". Aparece otra vez la cuestión de la ideología, que nos lleva a plantearnos la relación entre estructura y superestructura, el carác­ter de la conquista de la hegemonía y el papel de la lucha de clases. Gramsci dice que
"la estructura y la superestructura forman un «bloque his­tórico», o sea que el conjunto complejo, contradic­torio y dis­corde de las superestructuras es el reflejo del con­jun­to de las relaciones sociales de produc­ción. De ello surge: sólo un sis­tema totalitario de ideologías refleja racionalmente la contradicción de la estructura y representa la existencia de las condiciones objetivas para la subver­ción de la praxis".[47]
En este pasaje la infraestructura material se define como un "con­­junto de relaciones sociales", que es el que ejerce la deter­minación "en última instancia". La superestructura se constituye sobre los datos de la estructura, en tanto que lo que determina la historia es la producción y reproducción de la vida real, que opera como "mar­co", como "límite" que con­diciona el ámbito de las alter­nativas que se plantean a la acción política y de la ideología, pero no mediante la imposición mecánica de resultados unívocos. Los hombres piensan, sien­ten, crean, actúan, filosofan en una situación material concreta. Aquí cabe lo planteado por Marx en "La ideología alemana", cuando dice que
"los hombres son los productores de sus representaciones, de sus ideas, etc., pero los hombres son reales y actuan­tes, tal y como se hallan condicionados por un determinado desar­rollo de sus fuerzas productivas y por el intercambio que a él cor­responde, hasta llegar a sus formaciones más amplias. La con­ciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser con­siente y el ser de los hombres es su proceso de vida real".[48]
A ciertas formas de organización de la producción le correspon­den cierto tipo de relaciones que se sustentan, a su vez, en instituciones e ideas. Es en este sentido que Marx dice que
"las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder MATERIAL dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder ESPIRITUAL dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritual­mente".[49]
Siguiendo estas proposiciones básicas de Marx, Gramsci dice que
"no se puede proponer, antes de la conquista del Estado, la completa modificación de la conciencia de toda la clase obrera; eso sería utópico, pues la conciencia de clase como tal no se modifica completamente más que cuando ha sido modificado el modo de vida de la misma clase, lo que implica que el proletariado ha llegado a ser la clase dominante y tiene a su disposición el aparato económico y el poder es­tatal"[50].
Es así que la vida material, en toda su agitación y transfor­mación, no se "refleja" de manera mecánica y automática en el entramado ideológico-cultural, sino que entre ambas hay una relación orgánica en donde la dimensión de lo económico opera como el "material" del que se nutre la dimensión superestructural, que a su vez revierte sobre la primera. La adecuación completa del "momento" superestructural con el estructural requiere tiempos que son variables y azarosos, pero en última instancia susceptible de producirse. De ahí que para que el proletariado llegue a modificar sustancialmente su con­ciencia es preciso que se modifiquen en un sentido radical las con­diciones sociales que le dan sustento[51]. E, inversamente, para que las condiciones materiales se modifiquen es preciso que las clases subalternas desarrollen una batalla "intelectual y moral" para construir su propia hegemonía. En este último sentido, por otra parte, queda eliminada toda posibilidad de interpretar los plan­teos gramscianos acerca de la necesidad de que el proletariado con­quiste la hegemonía AUN ANTES de la toma del poder, como necesidad de una transformación COMPLETA de la superestructura como CONDICION de la transformación estructural, invirtiendo de esta forma las proposiciones de Marx.[52] Así, Gramsci dirá:
"¿Puede haber una reforma cultural, es decir, una elevación civil de los estratos deprimidos de la sociedad, sin una prece­dente reforma económica y un cambio en la posición social y en el mundo económico?. Una reforma intelectual y moral no puede dejar de estar ligada a un programa de reforma económica, o mejor, el programa de reforma económica es precisamente la manera concreta de presentarse la reforma intelectual y moral".[53]
Con la noción de "bloque histórico" Gramsci pone de relieve la relación que existe entre la estructura y la superestructura en una formación económico-social, donde a las condiciones materiales de existencia le corresponden formas organizativas e ideológicas deter­minadas, y donde se realiza la hegemonía de la clase dominante a nivel estructural sobre el conjunto de la sociedad. En la superestructura del bloque histórico se expresa la coerción que ejerce y el consenso que obtiene la clase dominante -sociedad política y sociedad civil -y es allí donde los intelectuales (orgánicos) cumplen un rol fundamen­tal, como ar­ticuladores, como amalgama del bloque. Pero también es en el plano de la superestruc­tura donde se expresan las contradicciones de la estructura y éstas también forman parte del bloque histórico. Por eso Gramsci dice que el bloque histórico se integra no sólo con la ideología dominante, sino que es un "si­stema totalitario de ideologí­as", que refleja racionalmente las contradicciones de la estructura. De otro modo, no sería posible pensar la posibilidad de transfor­mación radical de la sociedad.

5- La crisis orgánica
Las contradicciones que se producen en el seno del bloque his­tórico devienen crisis que Gramsci llama orgánicas, y sobre las cuales deben actuar las clases subalternas en forma organizada y consiente, para producir transformaciones estruc­turales favorables a sus intereses.
Cuando las clases dominantes no logran hacer avanzar a la sociedad hacia adelante, desarrollar las fuerzas produc­tivas, se produce una crisis orgánica, una crisis de hegemonía. La crisis or­gánica es una ruptura entre la estructura y las superestructuras en el seno del bloque histórico: es el resultado de contradicciones que se han agravado como consecuencia de la evolución de las estructuras y la ausencia de una evolución simul­tánea de las superestructuras[54].
"Si la clase dominante ha perdido el consentimiento, o sea, ya no es «dirigente», sino sólo «dominante», deten­tadora de la mera fuerza coactiva, ello significa que las grandes masas se han desprendido de las ideologías tradicionales, no creen ya en aquello en lo cual antes creían, etc. La crisis consiste precisamente en que muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo, y en ese interregno ocurren los más diver­sos fenómenos morbosos"[55].
En la medida en que la clase dirigente deja de cumplir con su función de dirección económica y cultural, el bloque ideológico que le da cohesión y hegemonía tiende a disgregarse. Ahora bien, Gramsci des­taca que las crisis orgánicas no son provocadas única e in­media tamente por las crisis económicas, resaltando una vez más la no mecanicidad de la relación base/superestructura.
"Se puede excluir que las crisis económicas produzcan por sí mismas acontecimientos fundamentales; sólo pueden crear un terreno más favorable a la difusión de ciertas maneras de pensar, de plantear y resolver las cuestiones que hacen a todo el desarrollo ulterior de la vida estatal"[56].
La desaparición del antiguo bloque histórico, entonces, sólo se produce si la crisis de la estructura acarrea una crisis orgánica o crisis de hegemonía. Ahora bien, en tanto que la crisis orgánica refleja la crisis de la estructura sigue su evolución. De ahí que una situación así pueda prolongarse por un largo período.
"Esta duración excepcional significa que en la estructura se han revelado (maduraron) contradicciones in­curables y que las fuer­zas políticas, que obran positivamente en la conservación y defensa de la estructura misma, se esfuer­zan sin embargo por sanear y superar dentro de ciertos límites"[57].
En las "Notas sobre Maquiavelo" Gramsci cita dos casos de crisis orgánica, uno producto de las debilidades propias de la clase dirigente y otro producido por la acción de las clases subal­ternas. Una crisis de hegemonía se produce, entonces, cuando la clase dirigente
"fracasó en alguna gran empresa política para la cual demandó o im­puso por la fuerza el consenso de las grandes masas (la guerra, por ejemplo), o bien porque vastas masas (especialmente de campesinos y de pe­queños burgueses in­telectuales) pasaron de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plan­tearon reivindicaciones que en su caótico conjunto constituyen una revolución. Se habla de «crisis de autoridad» y ésto es justamente la crisis de hegemonía o crisis del Estado en su conjunto"[58].
Pero no toda crisis es una crisis orgánica ni toda crisis or­gánica desemboca en una revolución, e identificar la diferencia constituye la esencia del arte político. Justamente el error en esta identificación es lo que acarrea, para Gramsci, graves consecuencias en la estrategia revolucionaria.
En la conocida nota "Análisis de situaciones. Relaciones de fuerza", haciendo referencia a los movimientos or­gánicos, relativamente permanentes, y a su diferencia con los movimientos coyunturales, que se presentan como ocasionales e inmediatos, Gramsci dice:
"El error en que se cae frecuentemente en el análisis histórico-político consiste en no saber encontrar la relación justa entre lo orgánico y lo ocasional".[59]
Para que se produzca una crisis or­gánica es necesario que la rup­tura englobe a las clases "fundame­ntales", es decir, a la clase dominante, por una parte, y a la clase que aspira a la dirección del nuevo sistema hegemónico, por la otra. Porque también las crisis pueden desarrollarse dentro del mismo sistema hegemónico, poniendo frente a frente a la clase fundamental y a sus grupos auxiliares, o incluso fracciones de la clase fun­damen­tal entre sí. En crisis de este tipo, las clases subal­ternas per­manecen excluidas o son sólo las fuer­zas de apoyo de las frac­ciones en conflicto[60], lo que demuestra, a su vez, la debilidad y la ausen­cia de autonomía de las clases subalternas, excluyéndose así la posibilidad de manifestación de una crisis orgánica.
En caso de existir una crisis orgánica puede darse el caso en que
"la vieja sociedad resiste y se asegura un período de «respiro», exterminando físicamente a la ELITE adver­saria y aterrorizando a las masas de reserva; o bien ocurre la destruc­ción recíproca de las fuerzas en conflicto..."[61]
Este es un ejemplo de solución a la crisis por la vía de la utilización de la coerción. Pero siempre existe, por otra parte, al­guna salida "reformista" que se desarrolla dentro de la misma estructura, para superar la crisis y restablecer la hegemonía. Y en ella pueden aparecer los "compromisos" que vuelvan a restablecer un cierto equilibrio inestable.
Pero para que una situación revolucionaria, una crisis orgánica desemboque en una revolución es preciso que esté desarrollada una fuer­za que exprese el cambio subjetivo de la clase revolucionaria.
"El elemento decisivo de toda situación es la fuerza per­manen­temente organizada y predispuesta desde largo tiem­po, que se puede hacer avanzar cuando se juzga que una situación es favorable (y es favorable sólo en la medida en que una fuerza tal existe y está impregnada de ardor com­bativo). Es por ello una tarea esencial la de velar sis­temática y pacientemente por formar, desarrollar y tor­nar cada vez mas homogénea, compacta y consciente de sí misma esa fuerza"[62].
Por eso, en ese cambio subjetivo es decisiva la actitud de la vanguardia, destinada a
"revelar a las masas la existencia de una situación revolucionaria y la determinación revolucionaria del proletariado"[63].
Para Gramsci tanto como para Lenin, el "espíritu de escisión" de las clases subalternas, que las lleva a expresarse contra la opresión, debe ir acompañado por la construcción de un sistema hegemónico, para lo cual deberá cumplir un rol central la vanguar­dia, destinada a canalizar la espontaneidad dándole una dirección consciente a la rebelión. Porque, en caso contrario, las consecuen­cias de la crisis orgánica serán la victoria de la clase dominante, el aplastamiento de la dirección de las clases subalternas y la vuelta de éstas a la pasividad política.
La crisis orgánica, en suma, es más que un dato objetivo al que necesariamente se le deberá sumar el elemento sub­jetivo, expresado por una vanguardia real, para lograr el triunfo revolucionario, es la expresión de un todo complejo en descomposición en el que intervienen, en un mismo movimiento, la objetividad y la subjetividad.

6- La lucha contra-hegemónica
Ahora bien, frente al papel hegemónico que cumple el Estado se en­cuentra, en una relación dialéctica, la posibilidad para las clases subalternas de gestar una lucha contra-hegemónica, de impul­sar la construcción de una nueva hegemonía que transforme la relación existente entre estructura y superestructura en el bloque histórico dominante, y conforme un nuevo bloque. La existencia misma de las contradicciones que se plantean en el seno de las superestructuras (sociedad civil + sociedad política), supone la posibilidad de generar una síntesis superadora que las resuelva.
Al llamar la atención sobre el aspecto hegemónico de la dominación estatal, sobre la capacidad de producir consenso, adap­tación, Gramsci pone el acento en la necesidad, para la clase obrera, de librar una batalla política e ideológica en el seno de la sociedad/Estado para lograr la superación del sistema capitalista dominante. Gramsci advierte que para "tomar" el aparato represivo y poder destruirlo es necesario desarticular el bastión ideológico que le da soporte y firmeza, que constituye la verdadera amalgama del sis­tema de dominación.
La cuestión central de la ampliación del concepto de Estado radica en sus consecuencias. Porque si la lucha contra el Estado no se resume en la lucha por la toma y destrucción del aparato de coer­ción, a la manera jacobina, es preciso librar una batalla "intelectual y moral", que es a la vez profundamente política e ideológica.


a- El rol de los intelectuales
Es preciso destacar el rol fundamental que Gramsci asigna a la lucha intelectual, precisamente por el análisis que realiza de la im­portante función que cumplen los intelectuales como NEXOS entre la estructura y la superestructura del bloque histórico, en cuyo seno se realiza la hegemonía de la clase dominante.
"Los intelectuales son los «empleados» del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social y del gobierno político, a saber: 1) del «consenso» espontáneo que las grandes masas de la población dan a la dirección impuesta a la vida social por el grupo social dominante, consenso que his­tóricamente nace del prestigio (y por lo tanto de la confianza) deten­tada por el grupo dominante, de su posición y de su fun­ción en el mundo de la producción; 2) del aparato de coer­ción estatal que asegura «lega­lmente» la disciplina de aquellos grupos que no «consienten» ni activa ni pasivamente, pero que está preparado por toda la sociedad en previsión de los momentos de crisis en el comando y en la dirección, casos en que el consenso espontáneo viene a menos"[64].
Pero "no existe una clase independiente de intelectuales, sino que cada grupo social tiene su propia clase de in­telectuales o tiende a formársela"[65].
Porque "cada grupo social, naciendo en el terreno originario de una función esencial del mundo de la produc­ción económica, se crea conjunta y orgánicamente uno o más rangos de intelectuales que le dan homogeneidad y concien­cia de la propia función, no sólo en el campo económico sino también en el social y en el político"[66].
Se trata, entonces, de que las clases subalternas libren una batalla ideológica que logre disgregar la "amalgama" que constituyen los intelectuales en el bloque histórico.
Por eso, "una de las características más relevantes de cada grupo que se desarrolla en dirección al dominio es su lucha por la asimilación y la «conquista ideológica» de los in­telectuales tradicionales, asimilación y conquista que es tanto más rápida y eficaz cuanto más rápidamente elabora el grupo simul­táneamente sus propios intelectuales or­gánicos"[67].
De ahí la función fundamental del partido de la clase obrera: formar sus propios componentes hasta convertirlos en intelectuales políticos calificados, ya que la lucha que tiene que librar el proletariado, antes y después de la toma del poder supone la con­quista de la hegemonía política, moral y cultural.


b- La hegemonía de la clase obrera
La hegemonía que tiene que conquistar la clase obrera es con­cebida como "dirección" de los grupos aliados, a la vez que constituye una opción para hacer avanzar al conjunto de la sociedad. Para ello, y una vez tomado el poder, se convertirá en dominante respecto a las clases antagónicas.
Gramsci decía que "la supremacía de un grupo social se manifiesta de dos modos, como «dominio» y como «dire­cción in­telectual y moral». Un grupo social es dominante de los grupos adversarios que tiende a «liquidar» o a someter incluso por la fuerza armada, y es dirigente de los grupos afines y aliados. Un grupo social puede e incluso debe ser dirigente ya antes de conquistar el poder gobernante (ésta es una de las condiciones principales para la con­quista mis­ma del poder); después, cuando ejerce el poder y aún cuando lo tenga fuer­temente en sus manos, se vuelve dominante pero debe continuar siendo también «dirigente»"[68].
Si bien Gramsci enfatiza el contenido ideológico de la hegemo­nía, no subestima -como ya dijéramos más arriba- el aspecto político de la "alianza de clases", que ya fuera destacado por Lenin:
"la tarea inmediata de la vanguardia consciente del movimiento obrero internacional, es decir, de los par­tidos, grupos y ten­dencias comunistas consiste en saber LLEVAR las amplias masas (hoy todavía, en su mayor parte, adormecidas, apáticas, rutinarias, inertes, sin despertar) a esta nueva posición suya o, mejor dicho, en saber dirigir NO SOLO a su propio partido, sino también a estas masas en el transcurso de su aproximación, de su desplazamiento a esa nueva posición".[69]
En forma coincidente, ya en "La cuestión meridional" Gramsci dice que
"los comunistas turineses se plantearon concretamente la cues­tión de la «hegemonía del proletariado», o sea de la base social de la dic­tadura proletaria y del estado obrero. El proletariado puede con­ver­tirse en clase dirigente y dominante en la medida en que con­sigue crear un sistema de alian­zas de clase que le per­mita movilizar contra el capitalismo y el es­tado bur­gués a la mayoría de la población trabajadora..."[70].
El rol de dirección de las clases aliadas ya lo destacaba Lenin, cuando decía, refiriéndose al partido de vanguar­dia, que éste debía tener capacidad
"de ligarse, de acercarse y, hasta cierto pun­to, si se quiere de fundirse con las más amplias masas trabajadoras, en primer término con las masas proletarias, PERO TAMBIÉN con las masas trabajadoras NO PROLETARIAS".[71]
Lenin habla de la necesidad de que el proletariado conquiste la hegemonía aún antes de la toma del poder:
"la comuna, es decir, los soviets, no «implantan», no se proponen «impla­ntar», y no deben implantar NINGUNA reforma que no haya alcan­zado plena madurez, tanto en la realidad económica como en la con­ciencia de la aplastante mayoría del pueblo". Y agrega que "el partido del proletariado no puede, en ninguna cir­cunstan­cia, ponerse el objetivo de «implantar» el socialismo en un país de pequeños campesinos en tanto la inmensa mayoría de la población no haya ad­quirido concien­cia de la necesidad de una revolución socialista".[72]
En estos pasajes vemos como aparecen in nuce los elementos del concepto de hegemonía desarrollados posteriormente por Gramsci[73] en un sentido innovador y específico, en el que la dimensión ideológica ad­quiere su mayor expresión. Así, en la línea del pensamiento de Lenin, Gramsci dirá que:
"ninguna acción de masa es posible si la propia masa no está conven­cida de los fines que quiera alcanzar y de los métodos que debe aplicar. Para ser capaz de gober­nar como clase el proletariado tiene que despojarse de todo residuo cor­porativo, de todo prejuicio o de incrustación sin­dicalista (...). Si no se obtiene eso el proletariado no llega a ser clase dirigente y esos estratos, que en Italia representan la mayoría de la población se quedan bajo dirección burguesa y dan al estado la posibilidad de resis­tir el ímpetu proletario y de debilitarlo"[74].
Precisamente el despojarse de los residuos corporativos implica que el proletariado abandone la estrechez de los intereses inmediatos para abarcar, en una nueva fusión, los de las demás clases subalter­nas, con su especificidad y diver­sidad. Porque para romper con la influencia de la ideología burguesa sobre la mayoría de la población, es preciso ser capaz de articular los núcleos de "buen sentido" que aparecen en las aspiraciones históricas de los demás grupos sociales y darles un sentido superador en la "visión del mundo" proletaria. La aspiración de una vida mejor se construye también en un imaginario común en el que cada parte tiene su lugar propio de confluencia, mientras que el proletariado no se propone subor­dinar a las clases con las cuales construye una alianza, sino que las integra en una visión que de tal manera se torna hegemónica. De este modo, ya en la cárcel, Gramsci dis­tin­gue tres fases en la toma de con­ciencia de las masas: la fase económico corporativa, la fase trade-unionista y la fase propiamente política, donde el proletariado debe desplegar su hegemon­ía. Este tercer momento es
"aquel donde se logra la conciencia de que los propios intereses corporativos, en su desarrollo actual y futuro, superan los límites de la corporación, de un grupo puramente económico y pueden y deben convertirse en los intereses de los otros grupos subordinados".[75]
Gramsci enfatiza la necesidad de plantearse una profunda lucha ideológica para lograr la hegemonía, que implica una profunda "reforma in­telectual y moral" de la sociedad y la construcción de una "voluntad nacional-popular", en un sentido que, reiteramos, va más allá de la mera alianza política de clases preconstituidas. Por eso es tan fun­damental que el proletariado logre la direc­ción del con­junto de las clases subal­ter­nas para, a par­tir de amalgamar en una visión integral y común los elemen­tos que definen a cada segmento de las clases subal­ternas, proyectar su hegemonía al conjunto de la sociedad. Y la cues­tión no pasa por sumar partes autónomas, y en su caso subordinarlas a la visión del proletariado, como clase fun­damen­tal, sino de producir una síntesis superadora de los intereses del conjunto de las víctimas del capitalismo, sin que se anulen cada una de estas partes sustan­tivas. Este es sin duda uno de los aportes más significativos de Gramsci, que se conec­ta precisamente con la complejidad que advierte en las formas ideológicas de la dominación burguesa, que revierten en una mayor complejidad de la lucha contrahegemónica.
Pero contrariamente a lo que dicen Portelli y Piotte, Gramsci no subordina la lucha política a la lucha ideológica, contraponién­dolo así a Lenin, sino que destaca la articulación de ambas. El concep­to gramsciano de hegemonía no se resume en lo cultural, sino que presupone el aspecto político. "La hegemonía política puede y debe exis­tir antes de llegar al gobier­no..." dice Gramsci en la cár­cel.[76] Y no podía ser de otra manera, por cuanto todas sus reflexiones tenían como objetivo aportar elemen­tos que en­riquecieran la praxis política del proletariado para llevarlo a la victoria revolucionaria.
Para lograr el poder del Estado y destruirlo, el proletariado debe tomar conciencia de sí mismo, de su lugar y función en el seno de la estructura y extender su hegemonía primero al resto de las clases subalternas y de ahí al conjunto de la sociedad. Ahora bien, es en el plano de la ideología que la clase obrera toma conciencia y ejerce su hegemonía. Pero este proceso no se hace en abstracto, o por efectos de una pura acción intelectual, sino que es producto de la experiencia política. La relación entre la praxis y la ideología debe sintetizarse en la capacidad de dirección de la clase obrera, en el momento de la hegemonía.
En tanto que la ideología es, para Gramsci, una "co­nce­pción del Es­tado que se manifiesta implícitamente en el arte, en el derecho, en la actividad económica, en todas las manifes­taciones de la vida individual y colec­tiva"[77], la posibilidad de trasformarla nos remite a la praxis política del proletariado.
Pero hay algo más: la superestructura del bloque histórico, como sis­tema totalitario de ideologías, "representa la existencia de las con­diciones objetivas para la subversión de la praxis". Ello sig­nifica que es allí donde aparecen los elementos objetivos que per­miten a las clases subalternas tomar conciencia de su situación y luchar para transformar el orden vigente, constituyendo un nuevo blo­que his­tórico.
La importancia asignada a la praxis política ligada a las con­diciones estructurales deviene de que es en ese terreno donde surgen nuevas expresiones superestructurales susceptibles de entrar en contradicción con la ideología dominante. Al poner de relieve el aspecto intelectual y moral de la hegemonía, Gramsci está des­tacando que la dirección que debe ejercer el proletariado debe ser política e ideológica, para lograr articular en torno suyo una alian­za de las clases subalternas capaz de proponer al conjunto de la sociedad una opción que signifique un avance respecto al sistema imperante. Para ello necesita difundir una "visión del mundo" opues­ta al sentido común dominante en la sociedad burguesa. Y esta batal­la es política, porque requiere de la praxis social, y es ideológica, porque es precisamente en el plano de las ideas que los hombres toman concien­cia de su situación social y a partir de ello pueden luchar para transformarla. Aparece, entonces, el elemento de la voluntad, de la política, que está limitado his­tóricamente por condiciones objetivas, pero que no está determinado fatal­mente, ya que si fuera así carecer­ía de sen­tido el llamamiento que hace el marxismo a la lucha de clases y a la revolución social, y la necesidad de construir las her­ramientas político-ideológicas para destruir el orden social exis­tente y construir uno alternativo.

NOTAS:
[36]- Como señalan Anderson (1977) y Loyola Díaz y Martínez Assad (1985), el concepto de hegemonía ya era conocido y utilizado en el movimiento comunista internacional desde fines del S.XIX, pero referido a la estrategia del movimiento obrero y a la necesidad de ganar a las masas cam­pesinas y a otros estratos sociales para la lucha revolucionaria. Lenin empleó este concep­to, pero referido a la cues­tión eminentemente política de la "alianza de clases". El aporte sustantivo de Gramsci lo constituye, además de haber desarrollado la dimensión ideológica del concepto de hegemonía, el haberlo exten­dido al análisis de la dominación burguesa. Producida tal extensión, en la producción car­celaria de Gramsci aparecen numerosos pasajes en los que la definición de clase dominante y de hegemonía se utiliza en términos genéricos, que engloban tanto a la burguesía actualmente dominante, como al proletariado en su afán de conquista del poder y una vez alcanzado éste. La referencia, enton­ces, es a "toda clase dominante". En otros pasajes, la mención es más concreta y se refiere a una de ellas.
[37]- NOTAS SOBRE MAQUIAVELO, p.72.
[38]- NOTAS SOBRE MAQUIAVELO, p.163.
[39]- Ob.cit., p.161.
[40]- Piotte (1973), p.132.
[41]- NOTAS SOBRE MAQUIAVELO, p.55.
[42]- Gramsci, "Tres principios, tres órdenes", en ANTOLOGÍA, p.19.
[43]- NOTAS SOBRE MAQUIAVELO, p.287.
[44]- Weber, ECONOMIA Y SOCIEDAD, p.171 y ss.
[45]- Göran THERBORN, en su artículo "Dominación del capital y aparición de la democracia" (1980), hace un interesantísimo análisis com­parativo de la formación histórica de la democracia burguesa en los países capitalistas maduros. También Borón se refiere a este tema en su "Entre Hobbes y Friedman: liberalismo económico y despotismo bur­gués en América Latina".
[46]- Borón (1980), p.76.
[47]- EL MATERIALISMO HISTORICO Y LA FILOSOFIA DE B.CROCE, p.48.
[48]- Marx-Engels, LA IDEOLOGIA ALEMANA, p.26.
[49]- ob.cit., p.50.
[50]- "Necessitá di una preparazione ideológica di mass", citado por Piotte (1973), p.117.
[51]- Aclarando aún más este punto, Gramsci dirá que la concep­ción de "bloque histórico" implica que "las fuerzas materiales son el contenido y las ideologías la forma, siendo esta distinción de con­tenido y de forma puramente didas­cálica, puesto que las fuerzas materiales no serían concebibles his­tóricamente sin forma y las ideologías serían caprichos in­dividuales sin la fuerza de lo material".
[52]- EL MATERIALISMO HISTORICO Y LA FILOSOFIA DE B.CROCE, p.58.
[53]- "Apuntes sobre la política de Maquiavelo", en NOTAS SOBRE MAQUIAVELO, p.31.
[54]- Portelli (1972), p.121.
[55]- Gramsci, "Oleada de materialismo y crisis de autoridad" en ANTOLOGIA, p. 313.
[56]- NOTAS SOBRE MAQUIAVELO, p.74.
[57]- Ob.cit., p.77.
[58]- Ob. cit., p.76/77.
[59]- Ob.cit., p.68.
[60]- Portelli (1972), p.120.
[61]- NOTAS SOBRE MAQUIAVELO, p.75.
[62]- Ob.cit., p.75.
[63]- Lenin, "La bancarrota...", citado por Harnecker (1986), p.65.
[64]- LOS INTELECTUALES Y LA ORGANIZACIÓN DE LA CUL­TURA, p.17/18.
[65]- LOS INTELECTUALES Y LA ORGANIZACION DE LA CULTURA, citado por Portelli (1972), p.95.
[66]- LOS INTELECTUALES Y LA ORGANIZACION DE LA CULTURA, p.11.
[67]- ob.cit., p. 5.
[68]- EL RISORGIMIENTO, p.99.
[69]- Lenin, LA ENFERMEDAD INFANTIL DEL "IZQUIERDISMO" EN EL COMUNISMO, p.78.
[70]- ESCRITOS POLITICOS, p.307.
[71]- Lenin, ob.cit., p.9.
[72]- Lenin, LAS TESIS DE ABRIL, p.58.
[73]- Al respecto, ver el prólogo de José Aricó a la obra colec­tiva HEGEMONIA Y ALTERNATIVAS POLITICAS EN AMERICA LATINA, compilado por J.Labastida (1985).
[74]- LA CUESTIÓN MERIDIONAL, p.312.
[75]- NOTAS SOBRE MAQUIAVELO, p.71/72.
[76]- EL RISORGIMENTO, p.100.
[77]- EL MATERIALISMO HISTÓRICO Y LA FILOSOFÍA DE BENEDETTO CROCE, p.16.

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